Sobre «Rompehuesos», de Karuraqmi Puririnay

Portada del libro de poesía Rompehuesos, de Karuraqmi Puririnay. Imagen: Lee Poesía

Escribe: Violeta Barrientos Silva

Karuraqmi Puririnay es una autora (Huancayo, 1991) que se va asentando como una de las voces más sobresalientes de la reciente hornada de poetas. Tanto más el mérito de escribir detrás de la cordillera andina que como sabemos, históricamente ha sido la frontera que ha separado una costa occidentalizada e hispanohablante, del resto del país, diverso culturalmente, y poseedor de más de cuarenta lenguas originarias. 

El poemario que esta vez nos entrega Karuraqmi es poderoso en varios sentidos, uno primero por tratar el tema de la enfermedad, y uno segundo, que es el dolor, el dolor de vivir, el dolor moral y biológico de vivir. La enfermedad, a decir de Ranahit Guha en sus estudios subalternos, es parte de lo que no se quiere mostrar nunca. El ser/estar enfermo, es pertenecer a la casta de las “voces bajas” de la historia, de las mujeres, de las personas con discapacidad y de los sujetos indígenas en la historia. 

«Rompehuesos» es así una poesía que habita lugares incómodos: el dolor, el desamor en la maternidad que así se confiesa, contrario al mito de las madres siempre heroínas pero ahora transformadas en malhechoras en medio de una familia en conflicto tanto porque es puesta a prueba por el destino como por obras de mano propia. 

La anatomía enferma pone en jaque las divisiones tradicionales que ordenan el control social, tales como civilización/barbarie, cultura/naturaleza, orden/caos y mente/cuerpo, y mediante el cuerpo enfermo física o mentalmente, hace de él el reactivo que revela un malestar social. 

«Rompehuesos» aborda la maternidad desgraciada, una maternidad infeliz que llega por desventura que a su vez es transmitida a la cría. La reconciliación entre madre e hija tendrá que hacerse cuesta arriba y el libro plantea así dos voces. Una primera, que coincide con la primera parte, La Madrebestia, y una segunda, La Niña. 

Ambas voces plantean sus propios dramas. La Madre que dice: “Si tan solo pudiera desatarme,/desatarla, desatarlos/desatar el llanto que me ha provocado amputarme de la niña”. (p.59) 

Y no es una queja solo personal sino grupal, universal, de muchas madres: 

“No ves multiplicado en los ojos de las otras madres lo que te digo?” (p.59)

Pareciera que la maternidad se hereda con todo su malestar, el primer dolor es ser hija, el segundo, ser madre: 

“Hubo dos errores en mi vida./ El primero; haber nacido/ y el segundo: parir a la niña.” (p.11) 

“…todo empezó cuando la madre de la madre/de la madre de mi madre no la deseaba/ no la quería cerca/  no la quería viva”.

Pero así como hay pena y rabia, hay muchísima culpa: “Que no la quería. /Que nació del rencor/ y que sus trece años pagaron el precio”. 

Durante toda la primera parte enunciada por la voz de la Madrebestia, la niña es mencionada así, como “la niña”, y no como “mi hija”. Marcando una distancia con la tercera persona. 

El dolor de ser Madre es al mismo tiempo confrontación con la Niña, una entidad no deseada pero presente que contesta desde su propia voz que debe asirse al mundo, pese al rechazo de su primer hogar, el útero materno: 

La enfermedad contraída en el seno materno, por venir de una “mujer rota” por la maternidad, es un factor unificador con la madre: 

“Madre/me alegra estar enferma/ nunca como ahora tus manos fueron tan bondadosas/ nunca como ahora sentí que me querías.”(p. 63) 

Y paradójicamente, trata de volver al no-ser, reintroducirse en el cuerpo de la madre para nunca más salir de él: 

“¿Cómo retorno a tu vientre/cómo me hago vacío?/ Madre, quiero devolverte el nombre”. (p.66). 

Pero ni siquiera ese volver a fusionarse con la madre ya es posible. Ha sido expulsada del cuerpo de la madre como se expulsa un elemento contaminante: 

“Dice ella, que no soy de su vientre/sanofruto/ sino residuo fecal”. (p. 67)

“Madre, yo hubiera preferido quedarme en tu cuerpo, no salir de ahí. hubiera preferido ser cutícula, uñero, lunar, arruga…” (p. 107). 

La niña no amada, tiene que hacerse madre de sí misma, para protegerse: “A la sangre mía le ha crecido una madre/ y la madre que crece en la sangre mía/ no duele”. (p. 71). 

Y en ese ser hija, al igual que la madre, se hermana con otros hijos: 

“ya llegará el día en que aparezca una madre que nos quiera./ (…)/ y amaremos el mapa entero que nos trajo acá / al in-mundo/ (…) y por fin alguna madre nos llamara por nuestro nombre/ no será más “la niña”/ (p. 73).

La humanidad entera está en realidad herida, enferma, a contrario de lo que se quiere hacer creer con el mito de la maternidad deseada y feliz. 

En la tercera parte, aparece un padre, que termina siendo confrontado por su hija: “Mi padre fue el peor padre del mundo, lo digo yo que fui la peor hija” (p.117). Las confrontaciones entre padres e hijos llevan a un desorden en las jerarquías tradicionales de la familia. “Un padre que había olvidado cómo era ser padre”. (p.121) Así, la hija debe transformarse en la madre del padre o la madre. La confusión de roles viola la “ley del padre”, la autoridad. Se rompe el orden psíquico, “la casa” ordenada que debiera acoger, como hogar y no ser el lugar del dolor: 

“destruir la casa donde nací, donde crecí, donde ellos dicen que se amaron y nos amaron. Destruir la casa donde José, mi hermano, se mató porque empezó a balbucear, porque creyó que era padre era un dios que golpeaba y que madre era la mano, nosotros éramos las lágrimas”. (p.119)

«Rompehuesos», es un libro atrevido, esta vez desde el desmitificar la maternidad y a la familia, develar los entretelones de esa relación íntima que está lejos de obedecer a los títulos de “pater familia” o de “madre” y que sin embargo, sana al evidenciar el dolor no solo individual sino también universal. 

 

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Violeta Barrientos Silva es escritora, investigadora y activista. Es doctora en Estudios Hispánicos y Latinoamericanos. Ha sido parte de colectivos feministas y de la disidencia sexual desde los años ochenta hasta hoy. Ha publicado los poemarios El innombrable cuerpo del deseo, El jardín de las delicias, Tragic/Comic, Cosas sin nombre, Que agiten mi corazón escarapelado, entre otros.

Karuraqmi Puririnay es el seudónimo de Emilia Chávez Santos. Ha publicado los poemarios LAYQA, nativa de la oscuridad (2021) y Estancias de una (H)asilvestrada (2024) con la editorial Lliu Yawar. Fue reconocida en 2023 por la municipalidad provincial de Huancayo con el premio «Heroínas Toledo» por su aporte cultural y literario a la región Junín.