Por: Estrella Morales Aguirre
Un orden amenazado
Han pasado casi dos meses desde que Perú fuera país invitado en la Feria del Libro de Buenos Aires. Me interesa reflexionar sobre las ideas de cultura y las nociones de literatura que aparecieron en el stand y que fueron motivo de debates. Esta reflexión partirá de la muy comentada crítica hecha en Facebook por el escritor Umberto Jara hacia el stand Perú y la organización del evento.


La principal crítica de Jara es que el stand haya desperdiciado una inmejorable oportunidad para exhibir a “sus mejores exponentes y sus mejores historias” y que, en cambio, “Perú, acorde a este tiempo de arcaico izquierdismo, eligió venir con el poncho y el indigenismo”. El poncho y el indigenismo, en su argumentación se contraponen a esos mejores exponentes que para él toman como figura principal a Mario Vargas Llosa, no solo Nobel, sino escritor universal.
Jara reclama que lo que aparezca en la pared central de ese “stand desperdiciado” sea el indigenismo, las vanguardias andinas y el Boletín Titikaka, mientras que nuestro Nobel es relegado al pasillo donde apenas se exhiben “unos videos mal producidos con el fondo de su voz”. ¿Es solo una disposición espacial lo que incomoda al escritor o está en cuestión un plano mayor del que Jara hace eco?
Pared frontal-centro, pasillo-periferia es el meollo de la crítica de Jara. La cuestión no es solo espacial: centro-periferia es el núcleo de la conformación de un canon literario y nacional. La pregunta apenas disimulada es: ¿quién debe ocupar esos lugares y quién no? Luego, Jara cita una frase que aparece en la exposición del Boletín Titikaka para reafirmar su principal preocupación: la negación del stand de la tradición legítima de nuestra literatura y de los materiales legítimos que la conforman. Lo alarmante de la cita para él es que el stand niega “los espacios donde los escritores conciben sus obras”, es decir, las bibliotecas y los periódicos, más precisamente: la lengua escrita y los saberes universales como materiales genuinos de nuestra literatura, para poner por encima los surcos, el campo, en suma, el territorio y los saberes derivados de este. Nada lejos del núcleo ideológico que largamente ha definido nuestras nociones literarias.
La novedad en este caso es la inversión de lo históricamente establecido: si la literatura criolla a lo largo de toda nuestra República se constituyó como centro del sistema literario peruano y subalternizó ―o puso en el pasillo― a otros sistemas como el andino, el escritor acusa que el programa indigenista de los organizadores haya obrado una “desaparición total” de la tradición criolla, que sorprendentemente se sitúa como “otra”.
“Criollo”, por supuesto, no es un adjetivo que aparezca ―como sí es reconocible ese otro “indigenista” del que se habla con adjetivos como “trasnochado” y “arcaico”―. Los sistemas hegemónicos no se nombran a sí mismos ni se reconocen como discursos, sino que se leen como términos no marcados o se sitúan en el plano de lo “universal” que es precisamente la operación que hace Jara para legitimar su idea de literatura.
Lo que va develando la denuncia es un miedo. Lo que verdaderamente está en juego es la legitimidad amenazada del lugar privilegiado que tiene la literatura criolla ―a la que él pertenece― en el orden de la Historia, que siente necesario defender.
Jara no lee una apuesta de lectura sobre nuestra literatura, sino un aniquilamiento, una desaparición consciente de ese izquierdismo burócrata al que acusa. Su crítica, dice, va más allá de Vargas Llosa y enumera a un conjunto de escritores “principales de la cultura peruana” ―y criollos o citadinos, agrego― también ignoradxs: Ribeyro, Reynoso, Watanabe, Varela. Lo que destaca de ellxs es su valor universal.
Es la mirada regionalista lo que amenaza al escritor capitalino. Lo regional, según Jara, no interesa en el exterior, por eso “la ausencia de visitantes al stand peruano” y el lamento por la oportunidad perdida. Es interesante cómo ahí aparece un punto crucial de las discusiones en torno a la delegación que vino a Buenos Aires: la presencia cada vez más notoria de escritores “regionales” que amenaza el espacio privilegiado de la literatura criolla blanca capitalina y que pone en discusión ideas muy asentadas y coloniales de literatura ―sus autores y sus materiales―. Lo que está en disputa entonces, más allá de esta crítica que peca muchas veces de mal informada, es la legitimidad de lo que es considerado literatura peruana como objeto histórico y lo que debe conformar su canon.
La propuesta del stand Perú
Ahora, vayamos a fondo con las ideas que propone Jara: según lo que subyace en su texto, lo regional no puede ser universal y por ende no genera interés más allá de las puertas del Perú. Es solo lo que tiene valor universal, lo criollo, lo que es verdaderamente “exportable” y debería ocupar el centro del stand ―o del canon―. Por el contrario, el stand Perú se posiciona con una propuesta “regional” que pone en el centro lo denominado andino. En la disyuntiva alucinatoria creada por Jara, y muy acorde con el contexto político en el que vivimos, la apuesta por el indigenismo tiene como fin “esconder el resto de la cultura peruana”, es decir, lo criollo blanco.
Hay una idea esencialista de la literatura peruana respirando en toda la argumentación: la literatura como resultado de dos polos: por un lado, el criollo/universal y en contraposición, el andino/regional, ―las mujeres, disidencias, lo amazónico o afroperuano aparecen como silencio―. Sin embargo, acordamos con Jara en que lo “regional” fue uno de los ejes organizadores del stand, aunque lo que este lee como pérdida, nosotrxs lo leemos como oportunidad: hubo efectivamente un gran despliegue de escritores y agentes literarios regionales que en algunos casos no habían coincidido dentro del territorio nacional y que se encontraron por primera vez en Buenos Aires. Sin duda fue una oportunidad privilegiada para pensar los alcances y límites de esos sistemas literarios que hoy en día pujan los límites de lo considerado literatura peruana y los retos que tenemos en la construcción de nuestra identidad cultural y social.
Pero, ¿hubo esa discusión?
Turismo y cultura: imágenes de lo nacional
Las cuatro veces que particularmente fui al stand recibí volantes firmados por Promperú donde se promocionaban destinos turísticos en Cusco, Arequipa y Lima, bajo el auspicio de la Marca Perú, organismo cuyo fin es crear una imagen turística y “exportable” del país tal como Jara reclama al Ministerio de Cultura.
Promperú junto con Marca Perú desplegaron una propuesta de exportación para el stand que determinó una imagen y una estética cuyo fin era vender al país como destino turístico. Es en este espacio donde el Ministerio de Cultura posiciona su propuesta cultural. La contradicción de base es que mientras la imagen turística propone una fotografía esperable y desconflictuada de un país para que el turista se impresione por lo pintoresco del color local, la cultura, por el contrario, tiene como tarea crear caminos de convergencia entre experiencias singulares, mutantes, heterogéneas y contradictorias.
¿Cuál es la imagen que se pensó para nuestro país? Perú como un país ancestral. La imagen utilizada fue el Qhapaq Ñan y el lema “caminos que unen”. Pero esa potencial unidad a partir de las diferentes raíces, lenguas y territorios que recorren nuestro país no se presentó como utopía ni horizonte cultural ante un país profundamente dividido, sino como hecho consumado. A pesar de sus buenas intenciones, el stand acompañó una idea prescriptivista del Perú donde las literaturas regionales aparecieron como mayormente aceptadas e incorporadas a esa imagen exportable del país y del canon literario.
La pregunta es si enunciar al país y sus literaturas como “más allá de todas las sangres” ―como aparece titulada una mesa propuesta por la organización del stand― permite un acercamiento crítico que cuestione ideas asentadas de cultura o si, por el contrario, opera una transformación similar a la hecha por Promperú: ofrece una visión turística, desproblematizada y esperable del Perú y de su literatura que sigue posicionando lo regional en un espacio folklórico y estático y que neutraliza la potencialidad de esas literaturas que incluso subalternizadas han logrado en los últimos años un reposicionamiento y una relectura de esa ancestralidad como potencia para el presente.
La celebración despolitizada y turística del Perú como país multicultural da por saldados debates pendientes de gran relevancia hoy en día en un país desangrado por sus diferencias sociales, políticas y raciales que reafirma ideas culturales que siguen neutralizando esas voces que inquietan desde su experiencia de mundo y que muchas veces no coinciden con las tan caras ideas de mestizaje que han gobernado en nuestra consciencia literaria y de país. ¿No es precisamente la irrupción de un “indigenismo” con su propia voz que subvierta el orden del mundo literario ―y colonial― lo que inquieta a Jara y a nuestras clases políticas?
El problema, entonces, no es el poncho, sino que se lo venda como producto turístico acabado que cierra la pregunta por el país y nos adormece sobre la gran tarea pendiente que nos debemos como sector: la construcción nacional de una cultura de todas las sangres de la que no hemos sabido dar cuenta.
Hacia una literatura de todas las sangres
Al finalizar su argumentación, Jara se pregunta incrédulo por qué nosotrxs no valoramos a nuestros escritores universales como sí lo hace Argentina que tuvo tres homenajes a su escritor más universal: Borges. Podemos leer a Borges como el escritor de la biblioteca universal ―aunque ciertamente el propio Borges se burle del esnobismo que solo busca en él una ratificación de sus idea clasistas de cultura―, pero debemos leerlo como el escritor latinoamericano que fue: el que reescribe la tradición gauchesca y los libros fundacionales argentinos, el escritor del arrabal, de las orillas, el militante de la lengua argentina como objeto literario y estético que conforma una literatura autónoma, el más “regional” de los escritores del Río de la Plata.
La universalización de Borges borra la singularidad del escritor y del espacio con el que dialoga sin el cual dicha literatura no existiría. Es esa misma lectura la que Jara reclama sobre Vallejo leído por él como “el poeta que le escribe a la humanidad entera”. Dejando la hipérbole de lado, la “universalidad” de Vallejo es la lectura que se hizo desde el canon criollo para neutralizar ―negar o desaparecer, usando la terminología de Jara―, la fuerza de una obra plenamente consciente en sus intervenciones políticas y estéticas sobre el español como lengua colonial. De hecho, podríamos aventurarnos y decir ¿no es precisamente Vallejo el más regional de nuestros poetas y por eso mismo el más universal?
En un momento histórico de gran homogenización de la experiencia y de negación de los sujetos subalternizadxs ¿no es precisamente la tarea política de la cultura señalar la singularidad de los modos de decir y de habitar el mundo no esperables para los espacios citadinos y conservadores que nos devela con más fuerza la heterogeneidad de quiénes somos y de nuestra experiencia?, ¿no es ese el camino para una verdadera literatura de todas las sangres?
