8 poemas de ‘Camping en el país de las maravillas’ de Rebeca Urbina

Poeta Rebeca Urbina Balbuena

En esta nueva entrada de Lee Poesía compartimos 8 poemas del libro Camping en el país de las maravillas (Carpe Diem, 2014) de la poeta Rebeca Urbina Balbuena.

En la poética de Urbina el lector hallará un yo poético lúdico, irónico y coloquial, cuyos ejes temáticos transitan principalmente por lo familiar y la rutina laboral.

En el poema ‘Turbulencias’, la poeta habla a través de una niña de ocho años que tiene un soplo al corazón. Una niña que toma con humor su estado, como también lo hace, la mujer de ‘Soberana’, poema en el que aprende “a estar a cargo de un ejército de grapas, clips y lapiceros” desde una ventanilla de un banco.

Urbina dialoga con los otros seres que habitan su casa o su entorno, a quienes no ve precisamente como animales, sino como seres privilegiados, porque gozan de libertad y son ajenos a la rutina. Esa rutina que precisamente ha aprendido a sobrellevar. “Descansa tus ocho horas, hombrecito, mañana podrás seguirme adorando”, dice una voz felina en ‘Ronroneo.’

La poeta también reflexiona sobre ser mujer y lo femenino.  En ‘Belladona’ se cuestiona “si ser normal es placentero” y en ‘Una dama en tres actos’ dice que “odia ser una dama”. Hay un conflicto interno: “soy la lucha por conservar la decencia. La que aprendió a esconder”.

Cabe mencionar que la publicación de este conjunto de textos ha sido autorizada por la poeta para leepoesia.pe

Foto: Facebook/ Lee Poesía


Turbulencias

Tengo ocho años y un soplo al corazón.

Nos lo dijo el doctor de bigotes antes del viaje a Cusco.

Yo lo sabía hace tiempo, pero nunca dije nada.

La primera vez que lo sentí tenía cinco años

Mamá metió mis juguetes en cajas

“dale un beso a tu papá”

Besé su cachete mojado y sentí el aire frío

en la garganta   en el corazón   en la barriga.

En el taxi volvió el soplido: “tu papá ya no te quiere”

Yo empecé a golpearlo con mi puño para que se calle

Un domingo en casa de papá vi a una señora de pelo teñido

y sentí como si una corriente helada me estuviera arrancando el corazón.

Felizmente no lo logró, no sé dónde conseguiría otro.

Algunas noches en el camarote el corazón empieza a silbarme.

Yo lo sobo suavecito para que no despierte a mamá.

 

Mis padres dicen que los problemas son cosas de grandes;

Yo creo que son como soplos al corazón.


Boceto de Teología

 

“El arte de hacer dioses”, rezaba el anuncio. Nos dieron
cubos de barro y nos mostraron una carta estelar.
Charles Simic

 

Nunca me costó creer en Dios porque siempre me gustaron los cuentos. Los paisajes

exóticos, los animales en el arca y los nombres antiguos hicieron de la Biblia uno de mis

cuentos favoritos.

Mi primera duda de fe:  si la serpiente que le ofreció la manzana a Eva sería la misma bruja

que se la dio a Blancanieves muchos años después, cuando ya existían ropas y espejos.

Mi segunda duda fue por qué la manzana hizo despertar a una y dormir a la otra.

También me pregunté cómo pudieron ceder tan fácil ante una manzana, existiendo frutas

mucho más ricas como las fresas, los mangos y las chirimoyas.

Una noche le hice estas preguntas a Dios durante mis oraciones antes de dormir.

Él se rió y luego me dijo que era solo un cuento, que yo podía cambiar las frutas, animales y

nombres si me provocaba.

Al verme sonreír me hizo un guiño y cerró la ventana con un solo soplido, para que no me

resfriara.

Ese día entendí por qué tiene tantos nombres alrededor del mundo. Seguro se los

inventaron otros niños como yo.


Parque Kennedy

 

Leía a solas en una banca del parque y sentí que alguien se acercaba.

Apenas levanté la mirada, ya estaba a mi lado.

Un gato con larga cola a rayas y mirada desafiante.

 

Había muchas personas en el parque leyendo, dibujando, riendo, pero me eligió a mí.

Había muchos gatos en el parque, retozando, durmiendo, maullando, pero entre todos lo

escogería a él.

 

Los primeros minutos se mostró receloso, daba pequeños pasos por la banca, ojeaba mi

libro como si no le interesara, se erizaba en señal de alerta.

Poco después empezó a acurrucarse en mis piernas, a lamer mis codos y hasta a rascarse

con desesperación, tirándome encima sus pulgas. No lo regañé, si aceptaba sus ojos

hipnotizantes, también aceptaba sus plagas.

 

Intercalaba la lectura de mi libro con los planes a corto plazo: Cómo convencería a mi

madre para que lo acepte en casa, en qué parte de mi cuarto podría dormir, si le gustaría

más la leche entera o la descremada.

 

De pronto sentí frío y volteé a acariciarlo. El bellaco ya no estaba ahí. Me había

abandonado con imperceptible frialdad. A lo lejos lo vi contornearse seduciendo a su

próxima víctima.

 

Veleidosos son los gatos y sus apegos, pero siempre habrá suficientes en el parque.


Belladona

El polvo de un corcho

viaja por mi garganta

y yo me pregunto

si ser normal es placentero

 

o dejaría mejor sabor

ser una loca de mierda

descorchar una botella

de vino tinto con los dientes

escupir por la ventana

y gritar groserías

hasta el amanecer.


Preludio

 

Minerva inició su periodo de celo. Gime recostada al lado de la puerta. Hace eco de los

jadeos de su proyecto de amante. Se agita. Da vueltas. Aúlla. Mirada suplicante y desenfocada.

No pienso abrir la puerta, Minerva.

Se estira sobre la alfombra. Gruñe. Araña la madera. Se ahoga.

¿Qué haríamos con las crías?

No muestra signos de oírme. Ladra insistentemente. Se mueve sin coordinación. Se sofoca.

Se desespera. Mirada turbia y perdida.

En una semana lo habrás olvidado.

El pretendiente, fiel, sigue al otro lado de la puerta. Dejó de jadear para ahuyentar a otros

interesados. Sus gruñidos son firmes y convincentes. Su mirada, fija.

Está bien, tú ganas.

Ella intuye mi aprobación. Da saltos alrededor de la mesa. Gimotea. Me raspa las piernas.

Aúlla. Muerde las costuras de mi falda. Acaricio sus orejas. Lame mis manos. Abro la

puerta y dejo entrar a Hércules.

Subiré las escaleras para darles privacidad.


Soberana

 

“¿Por qué no mandan una circular

permitiendo a los oficinistas

desfilar con su escritorio al parque de enfrente?”

José Watanabe

Soy dueña de mi ventanilla del banco

más que de mi vida.

 

Aprendí

 

a encontrar la posición más cómoda

en la silla giratoria

a decir buenos días aunque no sean tan buenos

a organizar formatos y cheques

sin conflictos por invasión de espacio

a utilizar la calculadora sin voltear a mirarla

a detectar billetes falsos

con mayor destreza que personas sinceras

a hospedar múltiples números y contadas palabras

en el mismo hemisferio cerebral izquierdo

a estar a cargo de un ejército

de grapas, clips y lapiceros

a sobrevivir a la rutina exacerbada

y a morir.

 

Pero ciertos días en que me ilumina

el fluorescente con más watts que nunca,

quiero renunciar a todos mis privilegios

despojarme de mis posesiones

abandonar mis dominios

para simple y complejamente

apagar la luz.


Una dama en tres actos

 

Soy una dama. La dama que de niña soñé ser. Armonizo la delicadeza de mis movimientos

con la simpatía de mi inocencia. Me instruí, minuciosamente, en la lección de la prudencia.

Nunca pierdo los estribos ni pronuncio palabras indebidas. Soy imagen y semejanza de la

decencia. La que aprendió a ser.

 

Soy como una dama. La dama que de niña jugaba a ser. Ciño el desborde de mis

movimientos a la sugestión de mi inocencia. Me instruí atentamente en la lección de la

prudencia. Pierdo los estribos por dentro y grito en la mente palabras indebidas. Soy la

lucha por conservar la decencia. La que aprendió a esconder.

 

Odio ser una dama. La dama que me decían que llegaría a ser. Tejo la insipidez de mis

movimientos con la falsedad de mi inocencia. Me instruí, monótonamente, en la lección de

la prudencia. Soy incapaz de perder los estribos o pronunciar palabras indebidas. La efigie y

semblanza de la decencia. La que aprendió a no ser.


Ronroneo

 

Nada me enternece más que observarte desde mi balcón.

Eres un animalito tan curioso.

Puedes caminar en dos patas con destreza

pero te cuesta tanto caer de pie.

Como todo animal de costumbres,

recuerdas el camino de regreso a casa

y cada noche te veo volver.

Más de una vez pude oler tu temor

cuando me miraste directo a los ojos.

Pobrecillo, tan frágil e indefenso.

Tan necesitado de cariño y de calor.

Guardo mis distancias para no asustarte

y cuando quedas dormido abrazando una almohada,

yo salgo a conquistar la noche en los tejados.

Descansa tus ocho horas, hombrecito,

mañana podrás seguirme adorando.

 

Camping en el país de las maravillas
Camping en el país de las maravillas, de Rebeca Urbina Balbuena.

 SOBRE LA AUTORA

Rebeca Urbina (Lima, 1983) es administradora de la UPC. Tiene estudios de Literatura en la Universidad Católica. Ha formado parte de talleres a cargo de Carmen Ollé, Miguel Ildefonso y Victoria Guerrero.  En el 2014 publicó su primer libro, Camping en el país de las maravillas, ganador del Primer Premio en el IV Concurso de Poesía Scriptura. Ese mismo año, se hizo con el  Premio Luces 2014 del Diario El Comercio en la categoría Poesía. Ha participado en diversos recitales de poesía, y considera que Vicente, su hijo, es su mejor poema.

Síguenos en FacebookTwitter e Instagram.
Lee más poemas aquí.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *