José Watanabe: de la depresión a la creación

Jose Watanabe Varas

Por José Watanabe Varas

Texto leído en un conversatorio organizado por la Asociación Psiquiátrica Peruana.

6 de diciembre de 2005


Transcripción: Juliane Angeles


Un día de 1912 Rainer María Rilke, sin duda el más importante poeta alemán contemporáneo, caminaba atormentado por la depresión por el borde de un profundo abismo. Hacía poco había conversado con su amiga Lou Andreas-Salomé, discípula de Freud, sobre la posibilidad de someterse a un tratamiento psicoanalítico para morigerar o superar su dolor. No sería extraño que mirando el abismo pensara en la idea del suicidio. De pronto una frase que expresaba toda su desesperación y soledad apareció en su mente: “¿Quién, si yo gritase, me oiría desde los coros celestiales?” Fue consciente inmediatamente de que la frase era bella. La anotó en su libreta y se marchó. Cinco años después escribió sus famosas Elegías de Duino. La primera elegía empieza con el verso que anotó en su libreta y cuyo brío acaso lo consoló y lo alejó de la muerte que el abismo le ofrecía. Pasar de la depresión a la creación lleva mucho tiempo. En medio de una depresión dura es imposible crear. Rilke tuvo que esperar cinco años. Escribió cuando su angustia había cedido hasta un término manejable. Esa es la primera conclusión que yo obtuve de mi propia experiencia de deprimido. La depresión profunda inhabilita al artista, en realidad inhabilita a cualquier ser humano. Mi depresión, en un comienzo, fue provocada por una separación conyugal y la consecuente relación distinta con mis dos hijas pequeñas. Todavía estaba tratando de superar esa crisis cuando me fue detectado una carcinoma pulmonar. Me derrumbé completamente, mejor me derrumbé por dentro, íntimamente, porque hacia afuera, incluso para mi familia trataba de mantener una dignidad. No estoy hablando de un heroísmo estúpido, sino de una conducta que aprendí desde niño y se la atribuyo a mi padre, un inmigrante japonés que nos acostumbró a reprimir las tragedias internas. Ante la adversidad extrema me viene una pulsión recóndita que me señala una responsabilidad: sé como tu padre. Recordando esos días y más precisamente recordando mi estadía en un hospital de Alemania, donde me llevaron la posibilidad de una operación escribí un poema 1:

Mas no patetices. No dramatices.

Eres hijo del japonés que se acabó picado por el cáncer más bravo que las águilas,

sin dinero para morfina, pero con qué elegancia, escuchando

con qué elegancia

las notas

mesuradas primero y luego mil precipitándose

del kotó 2

de La Hora Radial de la Colonia Japonesa.

Así murió ciertamente mi padre, yo no podía ser menos que él. Frente a mi infinita tentación de descomponerme o de gritar mi angustia e impotencia fui capaz de imitarlo y mantuve cierta serenidad en esa situación límite. En el hospital me empezó una cierta tendencia panteísta, ya en Alemania, que sigo expresando en mis poemas. La visión panteísta fue una necesidad para enfrentar mi inminente finitud, un consuelo necesario, un argumento ante la idea insoportable de la muerte. También expresé en ese momento en un poema que escribí cuando la depresión empezó a ceder, ya lo dije, en medio de la depresión es imposible escribir. Leo algunas líneas de ese poema 3:

Levántate y muestra tu desnudez al alba que ya empieza.

A las 7 los cirujanos te abrirán el pecho con sus escalpelos.

No morirás: tus voces vegetativas siguen sonando

y ya son (y ya eres) parte del rumor panteísta que viene del bosque

y, al parecer, de un alba más remota.

Con aquello de tus voces vegetativas me refería a los ruidos orgánicos, a los gorgorismos, a las flatulencias, voces que me remitían a la pura biología y que en ese momento sentía que se integraban al rumor del mundo. Se me habían acabado el alma y los pensamientos, pero mis voces fisiológicas me conectaban con el bosque y a una vida esencial y no individual que venía desde un tiempo más remoto. Me operaron, me resecaron parte de un pulmón. Allí empezó una etapa distinta, pero igualmente dura. Mi depresión anterior habia sido, por decirlo de algún modo, concentrada. La sentía como un dolor físico en el vientre. La nueva etapa después de la operación y debido al pronóstico incierto comencé a sentir una depresión extendida, todo mi cuerpo y todo mi espíritu estaban invadidos de angustia. Cuando trato de explicar esa etapa la comparo con ese terror súbito que sentimos ante un terremoto, pero esa ansiedad profunda solo dura unos minutos. Yo la sentí durante meses. Sentía efectivamente que estaba en una especie de terremoto permanente, con el alma suspendida, era realmente espantoso. Creo que a esta altura el duelo por la separación conyugal había disminuido considerablemente. Lo que me torturaba ahora eran las palabras del médico que me operó: “Debe esperar alrededor de año y medio para hablar de una posibilidad real de curación”. Tiempo después también escribí sobre esto 4:

Los enfermos somos

una triste fila de ángeles de amplias batas para volar

¿Quiénes serán nos preguntamos los cinco escogidos (de entre cien)

que volverán al mundo donde cada movimiento

dura con su sonido?

Una desesperanza completa sería mejor que la incertidumbre

estadística.

Me refería a que, según los números, de cada 100 personas que desarrollan carcinoma pulmonar, solo cinco pueden alcanzar la curación. A veces, en medio de mi depresión, deseaba, como digo en el poema, una desesperanza completa. Es decir, un acabemos de una buena vez, sin embargo, nunca me rondó la idea del suicidio. Postergaba esa idea para el día en que mi radiografía de control me anunciara el regreso de la enfermedad. En el hospital, yo envidiaba a mi vecino de cama. Era un italiano que había sufrido la misma operación que yo. Hablaba bien el castellano, porque había vivido en Madrid y estaba casado con una española. Era un hombre simple, admirablemente simple. Se alentaba con sencillas explicaciones del tipo mítico. En ese sentido, era más poeta que yo. Para él, el miedo, que obviamente también sentía, era como un vaho que venía por el aire. Así lo imaginaba. Había que evitar respirarlo, me decía. Así se tranquilizaba mientras mi angustia crecía, yo soy un hombre con fuerte tendencia racional, siempre ando buscando las explicaciones de la razón. Imaginaba los escenarios de la enfermedad dentro de mi cuerpo. Pensaba en las células, en las que probablemente no habían sido extirpadas y que volvían a amenazarme. Pero no hay cosa que aumente más el miedo que los pensamientos del que sabe las cosas solo a medias, del que especula en base a conocimientos limitados o equivocados. Nunca he podido evitar esta costumbre, a pesar de saber que aumentaba mi ansiedad. Yo venía recibiendo ayuda psiquiátrica desde mi divorcio. Después de la operación a mi regreso a Lima continúe con esta ayuda, sin embargo, nunca fue constante. En realidad iba al psiquiatra, básicamente, para el control de los psicofármacos, cuyos nombres aún recuerdo: sinogan, limbitrol, aldol. Creo que son fármacos para una depresión casi psicótica. Junto a mi depresión desarrollé una fuerte agorafobia que me mantenía encerrado en mi casa. Esta fobia la sentí el mismo día que salí del hospital. Estuve casi un mes en el hospital. En ningún otro lugar me había sentido tan cuidado y protegido, supongo que en ese sentido, el hospital termina siendo una imagen o una metáfora del útero materno. No podía salir solo a las calles. Cuando mi depresión empezó a declinar la agorafobia se mantuvo todavía un tiempo más. El ánimo cero que produce la depresión y los fármacos me mantenían prácticamente empotrado en una cama. Nada tenía sentido. La instalación del más absoluto absurdo en los actos de la voluntad como asearse o tomar sol hacìa que dejara de hacerlos.No podía tener la generosidad o altruismo de atender a mis hijas pequeñas. En sus cuadernos escolares ellas empezaron a dibujar un hombre tendido en una cama, como un cadáver, era yo, por supuesto. Siempre me he preguntado desde entonces cuánto daño les hice con eso. No sé qué hubiera sido de mí si no hubiera tenido la familia tribal que tengo. Tengo una familia tribal. Mi madre y mis hermanas, al no poder hacer nada por mi alma se dedicaron a alimentar mi cuerpo, alguna vez dije que depredaban toda la fauna comestible para que yo convaleciera. La única alegría que yo les daba era comer sus platos a pesar de mi escasísimo apetito. Entiendo que las depresiones tienen varios momentos en sus proceso de curación. Yo solo recuerdo con claridad los meses en que empecé a sentirme mejor. Allí estaba la angustia más ya no me inmovilizaba, pero la mejoría no era tanta como para volver a sentarme en mi escritorio e intentar borronear algunos poemas o corregir textos que había escrito antes de la depresión. Cuando me veía una idea poética el desgano me hacía perderla al quedarme acostado en mi cama. Se me ocurrió entonces traer junto a mí la tabla de planchar ropa para usarla como escritorio. Bastaba con sentarme en el borde de la cama y escribir sobre ella. Mi escritorio me parecía demasiado lejos. Para este tiempo mi memoria estaba mejor y las palabras empezaron a fluirme como antes. He tocado un punto importante: las palabras. La depresión hizo pobre mi lenguaje. Yo quería seguir siendo poeta y me angustiaba el hecho de no ya no tener el lenguaje necesario para expresarme. Los textos que escribí sobre la tabla de planchar me costaron muchísimo. Nunca tuve que pelear tanto para sacar adelante un poema. Nunca tampoco viví con más intensidad la tensión y la alegría de escribir. Entonces supe como nunca que expresarse poéticamente era un acto terapéutico. Así terminé un libro que titulé El huso de la palabra. Huso está escrito con “h” para aludir al verbo usar y al instrumento que sirve para hilar. Ninguno de mis libros posteriores ni anteriores tiene un título que refleje tanto y tan bien lo que quise hacer como poeta. El libro fue publicado a comienzos de 1989. Voy a consignar un dato que ruego no lo tomen como una muestra de vanidad. La revista Debate realizó una encuesta entre escritores y críticos para elegir el libro más importante escrito en la década del 80 al 90. Fue elegido mi libro El huso de la palabra. Repito, no he señalado el dato por vanidad, sino para explicar mi reacción cuando lo supe. Me sentí recompensado, o más propiamente, indemnizado. No solo era un poemario, era el testimonio de mi pelea por recuperar mi salud. La verdad es que creo que nunca la he recuperado totalmente. La depresión se fue, pero me queda un miedo suave pero latente. Acaso ese miedo es el mismo que me transmitió mi madre en la más temprana infancia. Yo nací a los pocos meses de la muerte de dos hermanos. Apenas tenían 2 y 4 años y fallecieron atacados por la meningitis con una diferencia de una semana. Cuando yo nací, mi madre, obviamente, estaba haciendo su duelo y a no dudarlo tenía el temor de perderme como a ellos. En un poema muy posterior me refiero a ese miedo. Hablo de un lenguado, ese pez que vive mimetizado con la arena del fondo marino. En una líneas, asumiendo la voz del lenguado, digo: “los grandes depredadores me rozan sin percibir mi miedo, el miedo circulará siempre en mi cuerpo, como otra sangre”. El miedo o en otras palabras la angustia de estar expuestos a un mundo demasiado incierto, creo que será la benigna depresión que me acompañará siempre.

[1] Poema “La impureza” | El huso de la palabra | José Watanabe lee, al parecer, una primera versión del poema. El poema sufrirá algunos cambios, como se puede ver en la edición de El huso de la palabra, de Lustra Editores (2015).

[2] José Watanabe explica que el kotó “es el instrumento, una arpa tendida japonesa. Él (su padre) escuchaba mientras estaba enfermo”.

[3]  Poema “Como el peje – sapo” | El huso de la palabra. 

[4] Poema “El límite” | El huso de la palabra. 

 

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