Voces contra el feminicidio: poesía, narrativa, performance [TEXTOS]

Textos de Voces contra el femincidio

Las mujeres vivimos hoy un momento crítico, pero a la vez de revuelta. El ataque a Eyvi Ágreda en un bus de transporte público el 24 de abril del 2018 y su muerte el 1 de junio ha sido el punto más alto de la violencia contra las mujeres en el Perú. De hecho, el ataque a esta joven de 22 años no es nuevo, se agrede a las mujeres con fuego desde hace mucho, pero estos casos quedan en estadísticas, en muertas anónimas o mujeres marcadas cuyo nombre no pasa de las páginas policiales de su comunidad. De esta premisa surge “Voces contra el feminicido”, un evento que busca sensibilizar a través de la escritura y el testimonio personal de lxs poetxs y escritorxs sobre la terrible situación de las mujeres en el Perú.

El feminicidio es el gesto más radical de repudio, desprecio y opresión hacia las mujeres y los sujetos feminizados. Detrás este gesto, se encuentran otras formas control, dominación y chantaje como el acoso, la violencia psicológica y física, y la violación. Desde la poesía, la crónica y la narrativa queremos tomar posición frente al discurso que ha construido relaciones de desigualdad entre los géneros. Al poner la palabra en el espacio público, expresamos nuevos sentidos rompemos con el flujo información que llena los diarios un día sí, otro no.

En esta entrega hemos compilado algunos de los textos que se leyeron el sábado 16 de junio. “Voces contra el feminicidio” fue organizado de manera comunitaria. Su objetivo era reunir voces, cuerpos y poéticas distintas. Participaron en el evento: Becky Urbina, Bruno Polack, Claudia Cisneros, Eliana Fry García-Pacheco, Fiorella Terrazas, Gloria Alvitres, José Carlos Agüero, Juliane Angeles, Marco Avilés, Mónica Sánchez, Rocío Silva Santisteban, Rosa Chávez Yacila, Valeria Román Marroquín, Violeta Barrientos y Victoria Guerrero Peirano. Eliana Fry y Bruno Polack hicieron una puesta en escena cuyo texto no se puede reproducir por medios escritos. Gracias a todxs los que participaron ese día. Nuestro deseo es poder hacer más versiones de este evento en otros lugares del país con artistas locales como foráneos. Por Eyvi, por Juanita -que hoy se debate entre la vida y la muerte- por todas. Juntas somos más.

Lima, 2 de julio de 2018, a un mes y un día del asesinato de Eyvi Ágreda.

Victoria Guerrero Peirano (Comando Plath)
Claudia Cisneros
Gloria Alvitres (Antifil)


Borrón y cuenta nueva [Becky Urbina]

La primera vez que me llamaste inútil
tuve que contar ovejas para poder quedar dormida.
Reinicié la cuenta tres veces como buena para nada.
Las ovejas se burlaban de mí al son de sus balidos.
La inútil del ojo morado. La inútil de la nariz roja.
La inútil que tartamudea hasta al contar en la mente.
La oveja número 576, cansada de reír, me dejó acariciar su lana
y soñé con ella brincando en la sala mientras yo recogía sus pelusas.
La segunda vez que me llamaste inútil,
tuve que contarle al padre que pequé
de malos pensamientos. A veces es difícil
mantener la mente limpia con la cabeza rota.
Dieciséis padrenuestros y veinte avemarías
me bastaron para redimirme y quedar dormida.
Soñé con un frasco de lejía
derramándose en el piso mientras
yo intentaba secarlo.
La última vez que me llamaste inútil
tuve que contar aviones con los ojos cerrados.
Bastaron diecinueve para lograr abrir el ojo izquierdo.
Veintiséis para respirar por la nariz. Treinta y siete
para abordar. Mi vuelo es el 2579. Empiezo a contar nubes.
Ya habrá tiempo para soñar.


16 de mayo a las 22:26 [Claudia Cisneros]

“que se alíneen, ya
ollas y sartenes”
bramó el rey enano
“aquí no hay excepciones”
cucharas, tenedores, cuchillos
todos temblaron,
el salero derramó lágrimas
en una esquina
¿por qué volvió?
preguntó
pálida la sopa
al cucharón
“Yo soy la ley
la ley y el orden
el orden soy yo”
restruendó.
y la tetera nunca más volvió a silbar


La misma canción  [Claudia La Hoz]

 

La misma canción


Sin título [Fiorella Terrazas]

Hacían fila para violarla bajo esa iluminación neón que brilló en su carne aceitada

no fue más un cuerpo con alma sino un ave que se coló con un coraje silencioso sobre las nubes como ninguna ave ninguna con alas de papel,

Pensando no debimos guardar las llaves en el fondo no debimos mordernos las uñas por diversión si vivimos aquí en esta tierra de defectos

Recibiendo ácidos golpes en las glándulas más débiles y nos han inoculado el adn de quienes odiamos a quienes tememos con un antifaz en los ojos, un cuchillo en las manos ¿qué garantiza mi vida?

Sorda de tantos aullidos solo queda esperar esta larga cola que no termina en forma de droga paralela y dura
¿a quién le tocará luego?
Quiero ser la última.


Agustinacha en la tierra de Sal [Gloria Alvitres]

Mi mamá nació del vientre de un cerro con una oración liviana y un canto rojo despegó las pestañas. En la habitación, estaban los clavos y los huecos en la pared, como Jesuscristo carpintero en la tierra de sal.

En la iglesia de la 3era zona de Collique. Ocurrió el bautizo. Dijeron el primer nombre: Agustinacha y la muchacha jugaba a que las santas se desintegraban como carbón.

Era su cumpleaños. Los fines de cada Junio. La ponía de mal humor, la lluvia.
Porque nos saltaba en la cabeza como caquita de paloma
nos ensuciaba.

Agustinacha leyó que los indios juntaban el agua, esa que caía del cielo, se la bebían.
¿Cómo beber esa agua con mierda? Lo único que conoció fue esa lluvia marrón
tinte ocre como si el cielo se oxidara.

Agua madre, Pronunciaba la abuela pagana Y en el silencio
Agustinacha maldecía a esa madre del viento
que le susurraba que le dio el color de sus mejillas
que la hizo chola cabello como cola de caballo.

Agustinacha
Se inventó un juego con los duendes
De las guindas de la vecina
Niños verdes
Primogénitos de las hojas
de las temporadas húmedas
que morían los veranos.

Niños tímidos
Que se mezclaban con los espíritus
De las jarjachas
Y de las niñas no nacidas.

En el sonido de la cumbia serrana
Se encontraron los primeros amores
Con la canción de Pintura Roja
Se deshizo las vergüenzas.

El polvo les llegaba a los talones
en esa tierra áspera
donde se reconocían las pieles
y la humedad asediaba
desde los labios
a las piernas.

Para los males
Se quema el alumbre en carbón
Y se reconocía
en la curandera.
Sus ojos agazapados
despertaban sus ansias
las imágenes de un mundo violeta
donde los atardeceres no tenían fin.

/Lima, no desaparezcas/
Y había leyendas de una laguna
nada era parecido
al cielo saturado de los andes
que Justinacha no vio
porque cerró los ojos.

¿Dónde está la abuela?
Huyendo
De un demonio
Que ha tomado las pieles
De su marido

La tierra de sal
Tiene gente bonita
Le dijeron
Y en el espejo
Era su cara
Su nariz
Su mentón
Oscuro como piel de lija
Negros sus ojos
Como marcador de pizarra

Agustinacha nos mira
entonces
Desde su lugar en la cocina
Donde el gato ronca
Y se liberan los olores
De un banquete de dioses
Que Agustinacha quiere envenenar
Pero no se atreve


Corrección fraterna [Leído por José Carlos Agüero]

Dice Doña Ángela Fernández:
Que demanda a don Diego Gonzáles Romero, su marido, con quien se casó de modo forzado y contra su voluntad, siendo aún joven e ignorante de las cosas de la vida.
Que esto ocurrió pese a los principios del Concilio de Trento, que sostiene la inferioridad de la mujer, pero reconoce sus derechos a los gananciales, la dote y el mutuo consentimiento.
Que más allá de la falta de consentimiento, acusa a su marido de violencia reiterada, de tratarla con contrita sevicia, crueldad, aspereza, de hecho y de palabra.
Que una y muchas veces le ha puesto las manos como si fuera su esclava, sin tratarla con la afición manual que los sagrados cánones y santos concilios mandan y disponen.
Que a ello se suma que el susodicho está amancebado con una india en quien tiene cuatro hijos, cometiendo adulterio, aunque por medio de religión y personas graves y cristianas ha procurado aquietar al dicho su marido y reducirlo a la concordia.
Que en virtud de esta rebeldía solicita el divorcio, la restitución de su dote y el embargo de los bienes a fin de recuperar los propios.
Y que deja esto en manos de la justicia
Responde Don Diego González Romero:
Que contrajo matrimonio según orden de la Santa Madre Iglesia con doña Ángela de Castro.
Que desde hace muchos meses su esposa vive en casa de su madre, que con mano poderosa y sin ocasión alguna la tiene en su poder, supeditándola y persuadiéndola a que no haga vida maridable
Que pese a ser esto su derecho, le impiden la entrada en esa casa, cerrándole la puerta y dando orden para que no le dejen disponer de lo que es suyo.
Que en estas condiciones no puede libremente habitar con ella y servir a Dios en el estado del matrimonio.
Que en virtud de lo dicho solicita se ordene que le entreguen a su mujer, pidiendo penas y agravantes a quienes lo impidieran.
Y que deja esto en manos de la justicia
Delibera entonces un miembro del Arzobispado, o sea la justicia:
Que vistos los autos de la presentación, manda a doña Ángela Fernández de Castro a vivir en depósito en casa de un vecino honorable.
Que deberá estar allí sin poder abandonar su estancia salvo para oír misa y frecuentar los santos sacramentos.
Que su pedido deberá ser analizado conforme a las reglas de la buena convivencia.
Que mientras tanto deberá sujetarse a silencio.
Y que la justicia tendrá que expresarse
A lo que añadió un segundo clérigo, o sea la justicia:
Que niega el pedido de doña Ángela, que le manda cohabitar y hacer vida maridable con su marido, juzgando las causas alegadas insuficientes.
Que lo señalado por la dicha mujer no son razones ni legítimas ni bastantes, fingidas e inventadas, sólo a fin de verse libre y no estar obligada a la obediencia y sujeción que ha de tener a su marido.
Que si el enojo de doña Ángela obedecía a “alguna corrección fraterna” ello no era causa legítima para divorcio y falta de cohabitación.
Que el marido como cabeza, tiene dominio de su mujer, y puede muy bien usar de un leve castigo cuando ve que tiene necesidad de corrección, con moderación y afecto.
Que don Rodrigo es buen cristiano, temeroso de Dios e incapaz de tales ofensas, y que por tanto deberá darse por nulo el pedido de separación, ignorando todas las causales de la demanda.
Que deberán vivir todos en amor y concordia
Y de acuerdo
Al orden natural de las cosas
Que lo dicho y escrito quede en estas actas
Que se pierda en algún archivo y sea olvidado para siempre
Que se comunique y se registre
Real Audiencia de Charcas
Diciembre de 1634
Virreinato del Perú

————
Doña Ángela Fernández de Castro contra Diego Romero, su marido. Archivo Arquidiocesano Monseñor Taborga de Sucre (en adelante ABAS), Divorcios 1, ff. 1-1v
Tomado y modificado de:
Ana María Presta, “De casadas a divorciadas. Separaciones, divorcios y nulidades matrimoniales en la sociedad colonial, Audiencia de Charcas, 1595-1640”, Universidad de Buenos Aires – CONICET. En: Revista Complutense de Historia de América 2016, vol. 42, 97-118


Conversación con Simone Weil y Blanca Varela [Juliane Angeles]

Todos los días abro la puerta transparente
ese espejo frío que se parece a la Gran Puerta
y enciendo un monitor ajeno
para ver el mundo repartido entre titulares
nada de lo que toco ahí es mío
no hay vergeles, solo la vida de otros
y, sin embargo, escribo

No hay vergeles ni ovejas:

Matan mujeres

matan mujeres

y matan mujeres

y, sin embargo, escribo.


Mi madre antes de mí [Marco Avilés]

             Mi padre aún no era mi padre. Se llamaba Isauro, tenía treintaiún años, era soltero. Mi abuela sufría por ese hijo –el mayor de los siete–, pues le había salido un poco loco e impulsivo. ¿Cuándo iba a sentar cabeza ese muchacho? Un día mi padre le envió un telegrama para contarle que por fin se había casado. Unas semanas más tarde –añadía– viajaría con su esposa para que todos pudieran conocerla.
El mensaje conmocionó a la familia. El milagro había ocurrido. ¿Pero quién era ella?
Mi padre siempre fue independiente. Se mudó a la ciudad apenas se hizo adulto, y aprendió a ganar su propio dinero trabajando en hoteles de lujo y cafés elegantes. Le gustaba vestir bien, bailar tango, divertirse. Tuvo varias novias aunque nunca en sus últimos años se jactó de ese pasado. Él era bastante discreto, quizá como muestra de respeto a la memoria mi madre, y solo a veces, cuando se sentía cómodo tomando una copita de whisky, me contaba retazos de esa vida antes de mí. Era un hombre fuerte y vital pero mucho mayor que yo: me llevaba medio siglo. A pesar de este abismo, aprendimos a conversar antes de su muerte. A ella, en cambio, no la recuerdo.
El pasado es una suma de cosas que no sabemos o sabemos mal. Lo entendí cuando visité a la hermana de mi padre hace un par de semanas. Tía Gloria tiene ochenta años (la misma edad que él cuando murió) y pasa una temporada en casa de su hija, en un pequeña ciudad en las afueras de Boston, a tres horas de donde vivo, en Maine. Era un mediodía frío. Las calles estaban vacías. Los adultos, en el trabajo. Los niños, en la escuela. Tía Gloria y un gato dormilón parecían los únicos habitantes del barrio. Ella tejía una chompa cuando llamé a la puerta. Se alegró mucho de que A. y yo nos hubiéramos casado. La abrazó y se ofreció a tejerle algo, quizá una bufanda. Luego calentó agua y nos invitó a tomar café y a probar la mermelada de fresa que ella misma había preparado. Nos pusimos al corriente de nuestras vidas, pero a la primera oportunidad le pregunté:
–¿Cómo era mi madre, tía?
No le sorprendió. Endulzó su taza y a pequeños sorbos me contó sobre el telegrama. Más de medio siglo antes, al leer aquel mensaje, la embargó la misma curiosidad. ¿Quién era esa mujer? ¿Sería guapa, elegante, de mundo?
–Cuándo tu papá nos dijo que venía con su esposa, se armó la revolución en la casa. Todos queríamos estar bien arreglados para conocerla.
Tía Gloria, que entonces tenía veinticinco años, fue a una peluquería para arreglarse el cabello. Mi abuelo fue al dentista. Mi abuela preparó la mejor habitación para los esposos, e instruyó a sus hijos más chicos para que no los molestaran. Cuando el día llegó, mi padre estacionó el carro en la puerta. Una adolescente delgadita entró apurada a la casa y empezó a saludar. Tía Gloria pensó que era una sobrina o quizá una hermanita menor de su nueva cuñada.
La visitante vio a la hermana de mi padre y corrió a su encuentro. «Tú debes ser Glorita», le dijo. Tía Gloria la miró extrañada. ¿Acaso esa chiquilla la estaba tuteando? «Soy Gloria», le respondió. La muchachita le sonrió con ingenuidad. «Yo soy Zoila –le dijo–, tu cuñada». Tenía catorce años.
Tía Gloria se paralizó por dentro pero sonrío por fuera. Zoilita –como la empezaron a llamar– se acercó a cada uno de sus seis cuñados y se presentó saludándolos por sus nombres. No notaba la sorpresa que generaba. Mi abuela se fue a un rincón y rompió a llorar. ¿Esa niña era su nuera? Si estaba para que la terminaran de criar, ¿cómo iba a hacerse cargo de un esposo, de una familia?
Tía Gloria le pidió que se controlase. Mi abuela intentó disimular. Abrazó a mi pequeña madre. Las lágrimas eran producto de la emoción, le dijo. Bienvenida a la familia. Serás una hija más.
Era otra época. Las mujeres debían ser expertas en servir a sus maridos. Los días siguientes mi abuela observó con horror que Zoilita estaba más interesada en pasar el rato con los niños de la casa que en atender a su esposo. Cuando entraba a la cocina, la niña pedía que le avisaran, por favor, cuando estuviera listo el almuerzo. Luego se marchaba a jugar al fútbol con sus cuñados menores. Tía Gloria observaba a su cuñadita y se preguntaba si algún día iba a crecer.

* * *

–La vida es así, Marquito.
Tía Gloria hablaba con una mezcla de pena y asombro. Me tocaba las manos.
–¿Quién iba a decir que esa chiquitita iba a convertirse en toda una mujer?
Tía Gloria recordaba unas vacaciones que pasó en casa de mis padres, muchos años después. Zoilita ya no era la niñita que jugaba al fútbol, sino una mujer alta y ocupada. Administraba una casa enorme, atendía a su esposo y criaba a tres hijas que iban a la escuela y a un bebé glotón. Mi padre era un hombre noble y trabajador, pero tenía un carácter difícil. Su ira parecía un fenómeno atmosférico. Aparecía de pronto, crecía como una tormenta y se disipaba dejando estropicios alrededor. Tía Gloria se aburrió de las escenas de su hermano y se quería ir. Mi madre la retuvo explicándole su fórmula mágica. «No le hagas caso, Glorita». Y en efecto, cuando mi padre renegaba, su esposa lo ignoraba como se ignora a un niño. Pasado el colerón, él volvía en sí, se llenaba de culpa, ofrecía disculpas, traía regalos. Mi tía, asombrada, decidió quedarse.
Mi madre pensaba mucho en el futuro. Hacía cálculos. Sacaba cuentas. Un día le preguntó a su cuñada si sabía cuánto dinero se necesitaba para mantener a cuatro hijos sola. Tía Gloria no sabía, pero le dio curiosidad la consulta. Mi madre reflexionaba sobre la muerte, que siempre es una posibilidad. ¿Cómo podría ella mantenernos si un día se quedaba sola? Tenía un proyecto. Montaría una granja de gallinas ponedoras. Vendería huevos.
–«Yo puedo salir adelante, Glorita». Eso me decía.

* * *

Mi padre me pedía que nunca me olvidara de rezarle a mamá. Sobre todo en las épocas difíciles o cuando tenía que pedirle regalos a Papa Noel. Hice caso mientras fui niño e inocente. Mamá era un misterio protector. Esa persona que faltaba en mi familia y que, a veces, ayudaba desde el cielo. Nunca hice demasiadas preguntas.
Esa tarde, después de la segunda taza de café, me despedí de Tía Gloria con la seguridad de que nos reuniremos pronto. La historia de mis padres es una saga que me produce creciente ansiedad. Toda familia tiene una leyenda pero casi nunca alguien que se ocupa de reunir sus episodios dispersos. Los hechos se mueren igual que las personas que los recuerdan. ¿Seré yo el remedio contra ese olvido? Mientras conducía de regreso a casa, pensé en mis padres. Él tenía treintaiún años cuando aceptó trabajar como profesor en un pueblo lejano de los Andes. Desde allí envió un telegrama a su familia con la noticia de que se había casado. ¿Quién era su esposa? Ella era la hija de un rico hacendado en una época en que los hacendados eran señores feudales que dominaban las montañas. Mi madre era una princesa. Mi padre, el plebeyo que la sacó de ese cuento de hadas.
El desenlace ocurrió muchos años después. Fue por la época en que ella se preguntaba cómo podría mantener a sus hijos en caso de que le ocurriera algo malo a su esposo. Lo malo le ocurrió a ella. El carro en que los tres viajábamos una tarde cayó a un precipicio. Yo tenía dos años. Ella treintaiséis. Mi padre nunca volvió a casarse. También dejó de beber.


Las palabras y el tiempo [Alaíde Foppa]. Leído por la actriz Mónica Sánchez

I
Una infancia
nutrida de silencio,
una juventud
sembrada de adioses,
una vida
que engendra ausencias.
Sólo de las palabras
espero
La última presencia.

II
Casi todo lo espero
de las palabras
sin saber siquiera
lo que prometen
lo que niegan
lo que está más allá
del eco que despiertan.
No sé
si nacen en mis labios
o alguien
me las va dictando
en un mudo lenguaje
del que ignoro la clave.

III
Acaso me escondo
en las palabras
y abrigo en ellas
mi desnudez,
o acaso
me van quitando
hasta el último velo
que me disimula.

IV
Temo las palabras
porque lastiman con su roce
lo que es apenas nacimiento,
temo que destruyan
sentimientos intactos.
dura corteza
para la poesía
pesada máscara
sobre su rostro claro.
ay, quién pudiera
volver música
y rasgar el aire
sin esfuerzo…

V
¿Por qué escribo?
¿Por qué estoy sola
y me asustaría
mi voz?
¿Por qué despierto
de un sueño confuso
que no recuerdo?
¿O sólo porque encuentro
una página blanca
y tengo un nudo
en la garganta?

VI
Toda la vida
buscando palabras
propias
sinceras
nuevas
olvidadas
limpias,
para decir
sin decirlo
un secreto que lastima,
para dejar
que sangre la herida,
para consuelo
de no hacer
lo que no se puede hacer.


¿Le tienes miedo a la sangre? [Rocío Silva Santisteban]

Yo no,
vivo con la sangre
la toco, la veo, la huelo
cada mes. No se equivoca.
Regresa fluyendo suavemente
no me molesta
me miras
un gesto de asco
frente a la tela ensangrentada
me da risa,
¿por qué el susto?
tu boca también está manchada

¿crees que voy a cortar la leche?
¿a avinagrar el vino?
¿a nublar los espejos?
¿a embotar las navajas?

son supersticiones, balbuceas,

cree lo que quieras creer
pero te digo una cosa: la sangre
se va y regresa,
un poder retorna. Es la vida
que clama su grito rojo.

De Las Hijas del Terror, 2007


Eyvi [Rosa Chávez]

Eyvi volverá y será miles, millones.
Volverá y será libre para el dolor del onvre adolorido.
Podrá caminar por la calle sin temor, a las cuatro y tantos de la madrugada, sola y no mal acompañada.
Usará ropa pequeña y ajustada y nadie la juzgará. Nadie sospechará del pantalón jean al cohete, las sandalias de plataforma, la blusa guinda con escote profundo. Nadie condenará sus labios rosa.
Será amable con sus compañeros de trabajo, inclusive cariñosa, y ellos no interpretarán esa amabilidad, sus sonrisas, como una provocación sexual.
Dirá que no, y dirá no rotundamente, a uno o dos o tres hombres y no habrá represalias. Ninguno intentará darle una lección de humildad, no habrá escarmientos.
Una tarde-noche de un 24 de abril, Eyvi subirá al bus de la Línea 8, desde su trabajo en La Victoria hacia Chorillos, su casa.
Tomará asiento, ni tan adelante, ni tan atrás, como para estar cerca a la puerta, y se colocará los audífonos, como para escuchar baladas.
Tan tranquila se sentirá, tan segura estará que cerrará los ojos para descansar.
Ningún acosador, escondido tras una capucha y lentes de sol, subirá premeditadamente al mismo bus.
Ningún acosador usará la pantalla de su celular como espejo retrovisor para espiar a su víctima adormilada.
Ningún acosador cargará consigo una botella de yogur que en realidad contiene gasolina.
Ningún acosador gritará “si no eres mía no serás de nadie”.
No habrá ni un solo acosador que se atreva a prender a Eyvi en llamas junto con otros diez pasajeros del bus de la Línea 8.
El cuerpo de Eyvi quedará intacto, sanísimo, porque así es como deben estar los cuerpos de las mujeres de 22 años de juventud.
Ni una chica del pueblo de San José de Lourdes, provincia de San Ignacio, departamento de Cajamarca, hija de agricultores, segunda de cinco hermanos, estudiante de Negocios Internacionales, quedará con el 60% del cuerpo quemado tras un ataque feminicida. Ni una chica peruana del Perú, esclava del dolor del onvre adolorido, necesitará transfusiones de sangre y decenas de operaciones para evitar las infecciones y la deshidratación que ocasiona una piel chamuscada.
Ni un solo día de 38 días Eyvi padecerá el oportunismo y la indiferencia, inconsciente en una cama de la Unidad de Cirugía Plástica y Quemados del Hospital Almenara, hasta que un 1 de junio, digamos que a las 11:15 de la mañana, deba de morir.
Cuando llegue el día, el Perú no lo gobernará un presidente según el cual los feminicidios son designios de la vida.
Los cardenales misóginos, famosos por frases como “la mujer se pone como en un escaparate, provocando” no serán condecorados.
Los curas pedófilos no darán ni una sola misa, en su lugar repartirán gratis misoprostol.
En las puertas de las iglesias lo harán, luego de darnos las bendiciones.
Las madres y los padres no rechazarán la palabra género o a las frases que la contengan: enfoque de género, igualdad de género, educación con enfoque de género.
En los colegios y en las casas las niñas, los niños, les niñes, tendrán la verdadera oportunidad de ser distintos a nosotras, nosotros, nosotres, serán mejores.
Perú estará lejos, muy lejos de ocupar el tercer puesto entre los países con más violencia contra la mujer y feminicidios en el mundo.
Habrá cero y no diez feminicidios al mes en tierras peruanas, habrá cero y no tres violaciones cada hora, habrá cero y no 7 mujeres maltratadas de cada diez en esta patria.
Festejaremos ese triunfo tanto como festejamos una clasificación al Mundial.
Cuando llegue el día, Eyvi llegará a salvo a su casa, encontrará allí a sus dos hermanas. Comerá algo ligero porque no hay que comer mucho en la cena. Leerá un libro o mirará la tele. Se irá a la cama. A la mañana siguiente saldrá a trabajar.


A1A-702 [Valeria Román Marroquín]

los números A1A-702 estaban escritos en el brazo de María Claudia Morales Cornejo cuando encontraron su cuerpo tirado al lado de un camino de tierra del anexo 27 de Mala.

eran los números de la matrícula del auto donde fue raptada, violada y asesinada

María tenía 16 años

fue declarada como desaparecida el 10 de marzo, encontrado su cuerpo el 13 de marzo y, de acuerdo con los exámenes forenses, asesinada el 12 de marzo

y fue raptada
y fue violada
y fue golpeada
y fue arrollada por el auto donde fue violada
para dejar su cuerpo tirado al lado de un camino de tierra del anexo 27 de Mala

María escribió el número de la matrícula del auto en su brazo, tal vez presintiendo su muerte

pudieron haber decidido no asesinarla,
sin embargo optaron por asesinarla

cuando encontraron el cuerpo de María en aquel camino de tierra del anexo 27 de Mala ya llevaba sobre su piel los números A1A-702

que después de violarla la golpearon,
la dejaron tirada por el piso,
que subieron al auto y lo encendieron,
que miraron para atrás y la vieron por el retrovisor
tirada en el suelo
y que le pasaron el auto por encima
que la evidencia son las llantas que destrozaron su cuerpo
firme y sin arrepentimiento
una línea recta constante,
no curveada o interrumpida
que robaron su mochila y su celular,
que la mochila fue encontrada luego por un tipo que testificó cómo la encontró,
que vendieron el celular de María por 180 soles,
que el celular fue requerido a la persona a quien fue vendido el celular

María Claudia Morales Cornejo quería aprender idiomas para viajar por el mundo

antes de ser violada y asesinada el 12 de marzo de 2012
escribió en su facebook,
entre flores y mariposas rosas,
que no le gustaban las lentejas y que vivía cerca de un parque
y que tenía 16 años, tal vez

presintiendo su muerte


Tu cuerpo, tu arma [Victoria Guerrero Peirano]

Supón que te llamas Eyvi

Eyvi Victoria Ágreda Guerrero

y que llevas el apellido de mi padre y del capitán de la selección peruana de fútbol

Pero tú estás muerta por designios y él está protegido por la FIFA, el Presidente de la República y la fe de treinta y dos millones ciento sesenta y dos mil ciento treinta y cuatro peruanxs

Ahora supón que vives en una de las regiones más pobres del Perú
Cajamarca, por ejemplo

Y que en su corazón alberga la mina de oro más rica del mundo

Supón que admiras a Máxima y que aprendiste de ella su coraje y su amor por la poesía

Supón que ya no quieres vivir de la tierra que cultivan tus padres

porque la tierra ya no es para quien la trabaja sino para quien la sufre

Supón que viajas a la capital porque no se puede vivir siempre en la pobreza del campo

y Lima no es lo que esperabas pero querías saber de tu vida de tu paso de tu peso de tu tristeza y de tu zapato           Entonces te fuiste a mirar el mar

 

Y el Pacífico se hundió irremediablemente en tus ojos

 

Y tus ojos sí tus ojos eran el mar          Ese poema que Lima siempre guarda para los ricos

 

Supón que en una calle de esta ciudad virreinal te dijeron “sé mi

novia” pero tú te negaste y enseguida ya solo eras una “cholita

arrecha”

Supón que un día del mes de abril te subes a un bus de la línea 8 para

regresar a casa como cualquier día desde hace cinco años y mil

ochocientos veinticinco días con sus horas

Allí hay una mirada que te persigue una mirada que te acecha una

mirada que te vigila una mirada que conoces bien

Ahora supón que leíste un poema de T. S. Eliot que hablaba de abril y

que te recordó a tus padres allá en San Ignacio

Supón que lo llevabas en tu bolso porque te gustó mucho

Supón que hoy es 24 de abril que tienes 22 años y te subes al bus de

la línea 8 San Juan de Lurigancho-Chorrillos otra vez y como

siempre desde hace cinco años y mil ochocientos veinticinco días

con sus horas

 

Supón que estás cansada por un día de estudio y trabajo de trabajo

y estudio y te quedas dormida con el poema de Eliot en tu regazo

Supón que esa mirada que te pareció familiar está detrás de ti y

lleva una botella de yogurt en la mano

Supón que te despierta un ardor frío y que te ahoga la brillantez el

olor de los restos de un yogurt con gasolina

Supón que al abrir los ojos la gente está gritando y tú estás ardiendo

y es la noche más umbría de mi corazón

Entonces te veo por primera vez a través de la imagen borrosa de un

celular

 

Tu silueta se descubre poco a poco detrás del vaho de un polvillo

blanco y las redes se encienden y el periodismo condena y los

políticos asienten y las cámaras de videovigilancia de aquel distrito

de clase media por donde te incendiaron se muestran en todo el

territorio nacional.

(Tu acosador dice que si cometió esta “locura” fue porque lo

utilizaste pero la verdad -aquí entre tú y yo hermana- es que lo

castraste por un miserable plato de lentejas y gemidos falsos en la cama

como escribió la osada poeta María Emilia Cornejo hace casi

cuarenta y cinco años)

 

Y tú una muchachita de 22 años una muchachita como cualquiera

de nosotras que camina por las calles de una ciudad feroz empezó a

llenar las primeras planas de los diarios con sus fotografías por uno

dos tres veinte treinta treinta y tres treinta y ocho días

Tú que hasta entonces no existías sino para tu persecutor

 

Y ahora estás en una camilla del Seguro Social

Allí donde mi madre agonizó y tu hermana agonizó y tu abuela

agonizó y tu hija agonizó y tu novia agonizó hace más de un año bajo

la crueldad de sus cuidadores

Allí donde todas salimos enfermas de rabia de hiel y de país

Allí te desnudan te hacen una traqueotomía te inyectan te inducen

al sueño

Y en tu sueño el mar y los Andes están hermanados en una cicatriz

en una hondura intensa que solo tú puedes tocar Eyvi hermana

Y en la cima está Máxima y canta y las lagunas se levantan como

madres buenas que te cobijan y te abrazan

 

Ahora bien supón que esa mirada de horror en la línea 8 era la

mirada de tu asesino

Supón que ardes porque tu asesino dijo amarte porque dijo que eras

demasiado hermosa y que tu belleza merecía un escarmiento

Supón que eres solo un número más en la estadística de este país

Supón que tu cuerpo tuvo que ser sometido a 1, 2, 3, 4, 5, 6, 10

intervenciones

Supón que un día abriste los ojos y dijiste “Quiero ir a casa” pero tu

cuerpo tu cuerpo ya no soportó

 

Y nuestras mejillas se llenaron de lágrimas y nuestras lágrimas nos

herían

-Ni un minuto de silencio-

Y caían caían caían como gotas de sangre

-Ni un minuto de silencio-

Y fuimos tu rostro tus mejillas la profundidad de tu ultraje

-Ni un minuto de silencio-

Y fuimos tu grito tu miedo tu mar tus ojos

-Ni un minuto de silencio-

Fuimos una sola y ya no no teníamos tiempo para el silencio ni para

el luto ni para la piedad

 

Con todo imagina que los políticos de este país de tu país y del mío

aborrecen las palabras “igualdad” “mujeres” “género” “feminicidio”

Que gastan ochenta y cuatro mil soles en flores importadas pero

seguramente ningún ramo llegó a tu velorio

Que tienen policías que les cuidan las espaldas Policía que tú no

tuviste porque para el Estado solo somos mano de obra barata y si

denuncias te marcan con su media sonrisa y si no denuncias igual te

matan

 

Supón entonces que el presidente de este país de tu país y del mío

habla de designios de la vida en lugar de condenar a los políticos

corruptos los lobbies de las transnacionales el racismo la homofobia

el machismo el acoso la violencia en tu contra hermana

 

Pero tú ya lo sabías

A ti te condenaron antes

Antes incluso de que nacieras

Te condenaron desde tu precariedad

Te condenaron desde tu anhelo

Te condenaron a ser siempre mujer a ser siempre sumisa a ser

siempre pobre

 

Y tú tú no

Tú te alzaste porque amabas la vida

 

Ahora supón que te llamas Eyvi

Eyvi Victoria Ágreda Guerrero

Y que te levantas de esa camilla

Porque tu amor y mi amor no son poca cosa

Y que tomas el bus con nosotras el 1 de junio del 2018

 

Tu cuerpo, tu arma, compañera


Muerte Anónima [Violeta Barrientos Silva]

Volvamos a la materia,
A la que hoy nos reúne que es la muerte.
Podría ser la de un héroe, al pie de un mausoleo entre himnos de gloria y pompa,
pero no, hoy nos convoca la muerte anónima, una muerte sin rifle ni soldados,
que algún día nos acarició la cara susurrando palabras de amor al oído.
Podría haber sido cualquiera entre nosotras. Vacías de historia como un sexo hueco, vestidas de rosa y sacrificio. Estamos aquí para manifestar por la que ni conocíamos,
pero que es cada una de nosotras.

Para ella todo empezó hace ya tanto tiempo.
Ocurrió cuando era una niña, mientras otras mujeres izaban banderas de una revuelta aún incompleta, mientras el mercado inundaba el mundo con un ejército de muñecas
de proporciones perfectas, mientras la tele bailaba un sueño y una fila de galanes fetiches ocupaba el comedor familiar.
Ocurrió mientras la familia dormía o se hacía “la vista gorda” tapándose la cara con la almohada.
Lo bueno es que no recordó lo ocurrido porque Dios es grande y pudo hacer una vida
en paz, salpicada solo de vez en cuando por pesadillas, sin llegar a entender el fantasma que habitaba en su profundidad, oculto como un iceberg bajo el agua.

Y ella vino así hasta un altar cuando le tocó el tiempo, adornada por la ilusión inocente
en un país de leyes también violadas.
Hoy ha muerto, mientras las voces de otras se oyen al fin en un silencio de biblioteca vacía
de nuestra historia, en que la realidad desborda a la ficción y al ensayo por interpretarla:

La niña-mujer cuya vida pertenece al absurdo, sucumbe al poder de un credo que sale en procesiones santificando una violación
La familia/el contrato nupcial acaban así de porrazo
Toda mujer puede ser tomada en nombre de la vida que habita en ella
La vida que decreta su muerte como sujeto desde la concepción
Así nacieron naciones
Por lo tanto no debe asombrarnos
La naturaleza femenina tan fértil
Sino la masculina aún más aplastante,
La que nunca pudo dominar el instinto, pero sí la Tierra.

 

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